Desarrollo I

Un hecho fundamental en nuestra especie es su marcada condición social. Sorprende que al final de la cadena evolutiva se encuentre un organismo que nace indefenso y con sentidos que distan mucho de estar maduros y operantes; esto sugiere que la riqueza de nuestra especie no reside en las capacidades individuales sino en la facultad de cooperar y trabajar en grupo.
La inmadurez del neonato se traduce en una infancia prolongada donde la supervivencia depende del cuidado de los padres; por fortuna, los bebés corresponden pronto a las emociones de los adultos y exhiben otras tantas expresiones reconocibles por éstos.
Esta afinidad emocional, junto con otros dispositivos de interacción, y la sensibilidad de los cuidadores, permite la rápida comunicación y la instauración de vínculos afectivos (apego). La función principal de este vínculo es procurar la supervivencia y cuidados del bebé; por ello, cuando se establece el vínculo, se manifiesta en conductas adaptativas orientadas a mantener la cercanía y el contacto con las figuras de apego.
En el futuro, la posibilidad de manipular la realidad internamente, permitirá al niño generar una representación mental de la relación vinculante conocida como “Modelo Interno de Trabajo” (MIT). Estos modelos, además de ordenar las experiencias vividas, permiten desarrollar expectativas sobre la disponibilidad y seguridad que ofrecen las figuras de apego, pudiendo afectar al modo en que se afrontan otras relaciones.  El apego es más que una adaptación infantil, este primer vínculo es un logro en nuestro desarrollo psicológico.
En los años 50 se tendía a identificar la figura principal de apego con la madre biológica; actualmente se es más flexible y se admite que cualquiera que atienda a un bebé de forma prolongada puede convertirse en figura de apego.
 

La estrecha relación que se establece entre la madre y el lactante ha interesado a médicos, psicólogos y psicoanalistas.
A mediados del siglo pasado ya se distinguían cuatro posiciones teóricas sobre los motivos de esta relación (abarcando desde el psicoanálisis al conductismo).
La teoría conductista que ha destacado por su sencillez e interés ha sido la de la reducción del impulso, según la cual, el afecto entre madre e hijo se debe a la asociación que establece el bebé entre la madre y la reducción de necesidades primarias (sobre todo el hambre). De esta forma, el adulto se convierte en un estímulo agradable.
Según Spitz, bastan 6 meses de buena relación y vínculo afectivo con la madre para que la separación de su bebé repercuta negativamente en el niño, sufriendo lo que se denomina una depresión anaclítica:

  • Observó que niños institucionalizados con déficits de cuidados y afecto padecían el síndrome de hospitalismo (inexpresivos, pasivos y postrados en cama).
  • Según estos datos, unos cuidados básicos basados en que el bebé no muera de inanición no garantizan un vínculo afectivo, ni un desarrollo adecuado.

El ambiente adecuado para el surgimiento de una potente teoría sobre el apego se produce tras los descubrimientos en el ámbito de la etología, que consiste en el estudio biológico de la conducta de los animales en condiciones naturales, y cuyo objetivo es establecer el valor adaptativo de las conductas para la supervivencia.
 

Desde un enfoque etológico la conducta social es tan beneficiosa para la supervivencia que presenta aspectos innatos.
Konraz Lorenz descubrió que tras el nacimiento las crías de pollos y patos siguen al primer objeto móvil. Este comportamiento filial e innato se conoce como impronta o troquelado, y favorece la supervivencia de las crías al mantenerlas cercas de sus progenitores:

  • El troquelado, a diferencia del aprendizaje por asociación, presenta características distintivas como la existencia de un periodo crítico en el que el seguimiento es fácil de establecer.
  • Por período crítico entendemos el periodo específico del desarrollo durante el cual tienen que darse determinados acontecimientos medioambientales para que el desarrollo ocurra con normalidad; la impronta es un fenómeno representativo. Durante el periodo crítico, ni el castigo materno inhibe la tendencia de las crías a seguir a la madre.
  • Superado el periodo crítico (unas 24 horas tras el nacimiento) las crías ya no desarrollarán estas conductas de seguimiento (es más, en condiciones naturales lo más probable es que hayan muerto al no estar al amparo de su progenitor).

Las conductas de filiación también se han observado en primates. El matrimonio Harlow, investigando la capacidad de aprendizaje de monos Rhesus, detectó los efectos negativos de la deprivación afectiva:

  • Al aislar a un grupo de crías para instruirlas (sin los refuerzos o castigos de sus madres) observaron que la separación de sus madres tuvo un efecto negativo (episodios de terror, conductas autocentradas o depresivas…).
  • En sus experimentos, en las jaulas pusieron dos madres “sustitutas”, una de alambre y otra de felpa, ambas con biberones de leche; las crías sintieron preferencia por la de felpa (incluso cuando se sentían atemorizadas).
  • Los Harlow en sus estudios concluyeron que si existe alguna conducta instintiva en los monos, ésta se dirige hacia la búsqueda de afecto y protección, no de comida. También confirmaron la existencia de complejas pautas de filiación entre los monos.
  • Desde el nacimiento ya muestran su orientación social en conductas como el abrazo, la elevación de la cabeza o la prensión refleja de manos y pies; por su lado, las madres exhiben patrones maternales, ofreciendo protección y cuidados. Cuando las crías son independientes, las madres le retiran la ayuda, para que ya maduras se relacionen con otros monos.

Estudiando las desventajas de la deprivación afectiva, se sabe que:

  • Un año de aislamiento social puede hacer que los monos se vuelvan miedosos e indiferentes a las relaciones sociales de una forma perpetua.
  • Aislamientos menos prolongados pueden potenciar conductas agresivas cuando sean adultos.
  • En aislamientos no mayores de 3 meses las posibilidades de un comportamiento social adecuado y una maternidad/paternidad no peligrosas aumentan.

Estos hallazgos indican que hay pautas de filiación en distintas especies, y que las experiencias tempranas son importantes para las crías.

La hipótesis que justifica esta relación por la satisfacción de necesidades primarias ha sido de las más difundidas, pero no la única. A continuación estudiamos otras dos.
 
HIPÓTESIS PROPUESTAS POR LOS PSICOANALISTAS
Los psicoanalistas ofrecen una visión muy enriquecedora de la relación madre-hijo. Defienden que la calidad de esta interacción:

  • Tiene un efecto decisivo en el desarrollo posterior de la personalidad del sujeto.
  • Proporciona la seguridad necesaria para la exploración del medio ambiente y el desarrollo cognitivo.

La naturaleza y origen de este vínculo son tema de debate, donde las posiciones de los psicoanalistas no son muy unánimes.
En 1926, Freud publica el ensayo Inhibición, síntoma y angustia, en el que no manifiesta una predisposición a aceptar la existencia de respuestas primarias de seguimiento que fueran susceptibles de establecer un vínculo entre la madre y el bebé. Para él, el amor que surge del niño hacia la madre es por la necesidad satisfecha de alimento; la madre además le estimula sus zonas erógenas.
Pero Freud no era un fiel defensor de la teoría del impulso secundario, ya que posteriormente manifestaría que las bases filogenéticas tienen una primacía tal que no importa si el niño ha sido dado de mamar o ha sido alimentado con biberón y no haya gozado de la ternura de los cuidados maternos. En ambos casos el desarrollo infantil sigue el mismo camino.
Burlingham y Anna Freud, en un estudio con niños institucionalizados, huérfanos al principio de sus días, llegaron a las siguientes conclusiones:

  • Sólo en el segundo año de vida (después de los 12 meses) el apego que surge del niño hacia la madre alcanza su pleno desarrollo.
  • Los niños se apegan incluso a madres que están siempre de mal humor y no se portan bien con ellos.

Por tanto, el potencial de apego siempre está presente en el niño, y cuando siente la carencia de un objeto, se fija en otro. Debido a que el apego se puede considerar independiente de lo que el niño recibe, se manifestó que el niño siente la necesidad de un vínculo temprano con la madre de manera instintiva. Sería como un acercamiento a las conductas instintivas primarias.
Melanie Klein manifiesta que la relación del niño con la madre va más allá de la satisfacción de necesidades fisiológicas. Pero, a veces, Klein se muestra indecisa, ya que por una parte hace hincapié en la primacía del pecho y la oralidad y, por otra, expresa que el niño desde el principio tiene conciencia de que existe algo más (que supone la formulación de la teoría de un deseo primario de regreso al vientre materno). Es decir, resalta la importancia del componente no oral de la relación que se origina en el deseo primario mencionado.
Spitz, adherido a la teoría del impulso secundario, defiende que las auténticas relaciones objetales surgen de la necesidad de alimento y la satisfacción de ella por parte del adulto.
La mayoría de psicoanalistas están insatisfechos con la teoría del impulso secundario, pero no son capaces de reemplazarla por tesis más plausibles. Los miembros de la escuela húngara del psicoanálisis y los etólogos son los que han defendido la existencia de respuestas primarias de seguimiento a la madre.
 
LA TEORÍA ETOLÓGICA DE BOWLBY
Bowlby (médico y psicoanalista inglés), tras la segunda guerra mundial, trabajó con niños con graves problemas emocionales, con malos o inexistentes vínculos familiares. El 40% de los jóvenes delincuentes que trató tenían historias de cuidados maternos negligentes. Además, estudió a niños que, debido a su hospitalización, pasaban tiempo alejados de sus padres. Estos pequeños que ya habían establecido un vínculo de apego, llegaban a atravesar hasta tres fases que podían culminar en una completa desvinculación emocional:

  1. Fases de protesta,
  2. de inapetencia o indefensión, y
  3. de desapego.

Con estos datos, elabora un informe para la OMS enfatizando la necesidad del niño de una relación íntima y continuada con la madre. Posteriormente expone su teoría sobre el apego en la que subraya que el vínculo afectivo con la madre responde a un hecho primario que tiene una importante función adaptativa.
Según él, la extensa y desvalida infancia del bebé hace necesario el vínculo con la madre, o con quien actúe como tal:

  • El vínculo afectivo tiene el objetivo de producir conductas que mantengan el contacto con la madre.
  • Dichas conductas pueden variar en función del desarrollo del niño (el bebé puede necesitar a su madre en su campo de visión, y el adolescente manifestar su apego por vías más sutiles), pero el objetivo de contacto y proximidad permanece inalterado.

Bowlby también elabora un modelo en el que muestra cómo este vínculo se construye a partir de unos primeros dispositivos que predisponen al bebé hacia el contacto social (succión, llanto, sonrisa…). Con ello, la respuesta del adulto hace posible que esas conductas se desarrollen hasta dar paso, en el segundo año de vida, a las conductas prototípicas de apego (en especial la búsqueda de proximidad física con la madre).
Entre los 9 y 18 meses el bebé incorpora nuevos sistemas de actuación dirigidos al objetivo de mantener la proximidad de la madre:

  • Bowlby reafirma así la idea de que el vínculo de apego actúa como un sistema abierto que se retroalimenta en el otro, y que reacciona en función de las circunstancias a las que se enfrenta.
  • En este marco, la alimentación es una conducta más, pero no es la clave de la relación vinculante.

Su razonamiento concuerda con los presupuestos etológicos. La defensa de la función adaptativa del apego y el reconocimiento, cuando menos, de unos sistemas de actuación que ya desde la biología nos predisponen a relacionarnos con los otros, dan fe de esta afinidad.

La orientación interpersonal del bebé es crucial en la construcción de un puente comunicativo y afectivo con el adulto.
Al nacer, el bebé dispone de ciertas inclinaciones biológicas que aseguran su condición social. Con sólo minutos de vida los bebés:

  • imitan los movimientos labiales de los adultos,
  • prefieren mirar sus caras antes que otras cosas,
  • y se calman con las voces.

Otros mecanismos orientados al exterior social son el llanto, sonrisa, imitación refleja o las pausas en la succión. Es decir, el bebé al nacer muestra ciertos mecanismos que sólo tienen sentido si alguien los interpreta.
En estas adaptaciones sociales, la facultad expresiva del bebé se destaca como un elemento clave en la comunicación y afecto con el adulto. El papel de las emociones es importante en la interacción social temprana.

Darwin (1872), en su libro La expresión de las emociones en los animales y en el hombre, plantea que la expresión de sentimientos básicos como la ira, alegría, miedo,enfado o sorpresa, mantiene un vínculo biológico con dichos estados emocionales. Según él, esta unión se ha forjado a lo largo de la evolución, explicando así que culturas diferentes produzcan e interpreten dichas emociones de forma similar.
Existe acuerdo en que las principales acciones expresivas son innatas o heredadas, y que algunas tienen tan poco que ver con el aprendizaje y la imitación que están por completo fuera del alcance de nuestro control durante toda la vida.
Estudios modernos han corroborado la similitud expresiva entre culturas distintas. Uno de ellos es el realizado por Ekman y Friesen con una tribu de adultos fore de Nueva Guinea y un grupo de europeos:

  • Primero escuchaban historias con carga emocional y después los fore tenían que elegir entre fotografías de europeos la expresión más adecuada a cada historia
  • Los europeos hacían lo mismo con fotografías de los fore.
  • El emparejamiento fue muy exitoso; únicamente la discriminación entre la expresión de miedo y sorpresa fue más costosa en ambas poblaciones.

Eibl-Eibesfeldt comprobó que niños con ceguera congénita mostraban las mismas expresiones básicas que los videntes, lo que rechaza la necesidad de aprendizaje visual.
Las ideas universalistas de Darwin concuerdan con la expresividad observada en los bebés, quienes no tardan en experimentar y reconocer emociones básicas como la ira, asco, miedo tristeza o sorpresa.
 

Desde muy temprano se distinguen en el bebé expresiones faciales similares a las de los adultos (ej, muecas en función de la concentración de sabores dulces o amargos).
Los bebés también expresan su interés mirando fijamente como lo hace un adulto. Aún así, son pocas las expresiones discriminadas que se pueden observar en el recién nacido:

  • A nivel muscular puede realizar todos los movimientos implicados en una expresión emocional facial (fruncir las cejas, sonreir…),
  • pero para exteriorizar una emoción es necesario estar en disposición de experimentarla y esto no ocurre desde el nacimiento.
  • Las expresiones faciales aparecen de forma progresiva.

Según el modelo evolutivo de Lewis:

  • El bebé, al nacer, muestra una vida emocional bipolar (como propuso Bridges). El recién nacido demuestra su malestar a través del llanto e irritabilidad, y su placer con muestras de satisfacción y atención (incluso matiza que este modelo podría ser tripolar si considera la división en términos de satisfacción, sufrimiento e interés).
  • Hacia el tercer mes de vida las emociones son más discriminadas y de carácter más social:
    • La sonrisa ya no es una mueca ante un estado de bienestar interno, ahora es en respuesta a estímulos sociales o conocidos.
    • La interrupción brusca de la interacción con la madre suscita la tristeza del bebé, que se distingue por la expresión general de malestar.
    • El llanto comienza a ser una forma de reclamar atenciones. También se observan los primeros síntomas de indignación
  • También hacia los 3 meses podemos considerar los primeros síntomas de indignación, aunque la expresión de cólera o enfado son más nítidos entre el cuarto y sexto mes de vida (ej, si se presionan hacia abajo los brazos del bebé se observará su expresión de ira).
  • A partir de los 6 meses suele aparecer la expresión de sorpresa y requiere comprender que se ha violado una expectativa, o que se cumple en la dirección de un experimento (tipo “¡Ajá!”).
  • La emoción del miedo es propia de los 7 meses y surge (al igual que la sorpresa) tras confirmar que un evento discrepa significativamente de todos los conocidos.
  • A los 8-9 meses observamos en el bebé un amplio repertorio de expresiones emocionales (asco, alegría, tristeza, ira, sorpresa, miedo) cuya conexión con la emoción vivida parece tener una base innata.

Los datos sobre comprensión emocional en bebés también refuerzan la posición innatista de Darwin. Estudios basados en el paradigma de habituación prueban que el tiempo de fijación visual de los bebés aumenta tras presentarles una expresión emocional nueva:

  • Esto indica que los bebés distinguen y reaccionan con aumento de atención a los rasgos de las diferentes expresiones emocionales.
  • Pero estos estudios no aseguran que el niño conozca el significado de dichas emociones.

Este conocimiento más profundo se puso de manifiesto en un estudio de Haviland y Lelwica con niños de 10 semanas:

  • Se pidió a las madres que adoptaran expresiones y voces adecuadas a las emociones de alegría, tristeza y enfado.
  • En todos los casos, los niños respondieron de forma congruente.

La estabilidad de este fenómeno permite que sus observaciones sean similares a las que en su día efectuase Darwin sobre su hijo:

  • A los 6 meses, al simular su niñera que lloraba, la cara del bebé adquiría una expresión melancólica.
  • Esto sugería que un sentimiento innato le decía que el llanto de la niñera expresaba pena, lo que le provocó su propia pena a través del instinto de simpatía.

Es decir, se puede afirmar que más allá de las diferencias culturales o de edad, hay un conjunto de expresiones básicas que se reflejan en el rostro y que son compartidas de manera universal. Esta herencia común permite que los bebés reaccionen de manera congruente a las emociones observadas en los otros, y respondan con acciones que no son una mera copia del gesto del adulto.

Para la correcta interacción del bebé con su cuidador, la respuesta contingente y adecuada del adulto es esencial. En la formación del vínculo de apego, el modelo evolutivo de Bowlby contempla cuatro fases con unas edades aproximadas:
 
FASE 1: Orientación y señales sin discriminación de figura

  • Desde el nacimiento hasta las 8-12 semanas
  • El bebé muestra preferencia por estímulos sociales y reacciona ante las voces más familiares (pero no hay evidencia de que las reconozca como tales).
  • El ajuste social viene favorecido por ciertas preadaptaciones (como el llanto, imitación y sonrisa refleja, preferencia por rostros…) que incrementan el tiempo que el niño está en la proximidad de un compañero. Se trata de sistemas de relación muy básicos y su evolución dependerá de la reacción del adulto.

 
FASE 2: Orientación y señales dirigidas hacia una o más figuras discriminadas

  • De 2-3 meses a 6-7 meses.
  • La sensibilidad del adulto favorece el inicio de las primeras señales verdaderamente sociales, como sonreir o imitar en respuesta a invitaciones y acciones del adulto.
  • Es característico que el bebé comience a manifestar su inclinación por algunas personas, con las que se producen reacciones más intensas. Pero aún se deja cuidar por desconocidos y no muestra diferencias al separarse de la madre u otras personas.

 
FASE 3: Mantenimiento de la proximidad hacia una figura por medio tanto de la locomoción como de señales

  • Desde los 6-7 meses a los 24.
  • Esta es la fase de apego propiamente dicha. Las respuestas amistosas indiscriminadas se reducen y se busca la proximidad de la madre.
  • El seguimiento de la madre, el saludo a su vuelta y su utilización como base segura para explorar, son conductas de esta etapa.
  • El bebé suele seleccionar unas pocas personas como su grupo de apego subsidiario a la madre, lo cual expresa con su rechazo a extraños.
  • La crisis de separación o angustia de separación, subraya lo difícil que es en esta etapa separar al bebé de sus figuras de crianza.

 
FASE 4: Formación de una asociación con adaptación al objetivo

  • Desde los 24 meses en adelante.
  • Las mayores posibilidades lingüísticas del niño y su facultad de concebir a la madre como un objeto persistente en el tiempo (noción de permanencia del objeto) relajan su tendencia a seguirla.
  • En adelante, podrá saber de los motivos que la inducen a desaparecer, al tiempo que imaginarla y representarla en su mente. Las madres que explican a sus hijos los motivos de la separac ión, y el tiempo que va a durar, obtienen reacciones más serenas.
  • En el segundo año se inician las estrategias para tratar de influir en la conducta materna.

 
Aunque es difícil precisar cuando un niño está apegado a los adultos, Bowlby sugiere que sucede entre la tercera y cuarta fase (entre el primer y segundo año de vida).
El apego no tiene porque ser con una única persona, pero los distintos vínculos suelen organizarse en una jerarquía de apegos (según relevancia para el niño) y suelen responder a un estilo de apego, es decir, a una tendencia a comportarse de un modo determinado que sobresale por encima de adaptaciones particulares.
Aunque la posibilidad de crear vínculos afectivos permanece a lo largo de la vida, el primer vínculo crea un precedente para los siguientes. Muchas de las discrepancias actuales sobre el apego se centran en la estimación de su influencia en las relaciones afectivas futuras (entre los vínculos afectivos adultos uno muy importante es el de pareja).
 

Aunque las relaciones de apego se definen por la confianza, intimidad y duración en el tiempo, ya en el primer vínculo afectivo se aprecian importantes diferencias en función del grado de confianza que el niño deposita en sus figuras de apego. Este aspecto fue desarrollado por Mary Ainsworth, quién contribuyó al descubrimiento y clasificación de tales variaciones.

Ainsworth estudió relaciones tempranas en diferentes culturas y en función de diferentes comportamientos maternos:

  • Observó que en todas las culturas los niños muestran algún tipo de apego hacia sus padres, pero existen diferencias notables en el carácter que éste adopta.
  • Posteriormente diseñó un procedimiento de observación para evaluar el grado de seguridad que el niño deposita en la madre. Este protocolo de observación se conoce como la situación extraña y permite estudiar las reacciones de los niños ante diferentes situaciones amenazantes.
  • En su diseño se juega con los dos motivos antagónicos que son el eje del apego: la búsqueda de protección y la necesidad de exploración del medio.
  • La prueba consta de 8 episodios, de unos tres minutos de duración, en los que madre e hijo son observados en diferentes situaciones. La evaluación comienza con un primer episodio donde la pareja está en una sala de juegos, una vez allí se suceden diferentes episodios en los que madre e hijo son observados en diferentes situaciones, que son valoradas de distinta manera por cada bebé en función de la calidad y solidez del vínculo con la madre.

TABLA 4.1EPISODIOS EN LA SITUACIÓN EXTRAÑA DE AINSWORTH

Se considera que un niño tiene un apego seguro cuando disfruta de los juguetes en presencia de su madre y detiene su juego cuando ella se va:

  • Estos niños se alegran de la proximidad de la madre y recuperan con facilidad la tranquilidad y el juego cuando ella regresa.
  • Este patrón indica que la madre es percibida como una base segura desde la que explorar el mundo.
  • Otros niños que actúan de forma diferente revelan inseguridad en el vínculo afectivo.

Entre los apegos inseguros se distinguen el evasivo y el resistente:

  1. El apego evasivo o evitativo es inverso al apego seguro. Los niños no dan señales de ansiedad cuando la madre se ausenta, ni de saludo cuando regresa. Su reacción no es muy distinta a la que muestran ante el extraño. Los únicos indicios de ansiedad surgen cuando se les deja solos.
  2. En el apego resistente o ambivalente los niños muestran gran ansiedad incluso con la madre. Su abandono se traduce en gritos y protestas, y a su regreso muestran enfado; lo cual revela cierta ambivalencia entre la tendencia a buscar la proximidad y rechazarla.

Posteriormente Main y Solomon descubrieron un cuarto tipo de apego conocido como apego desorganizado o desorientado:

  • Estos niños presentan una conducta difícil de describir.
  • Con un comportamiento inestable y contradictorio que no parece responder a ninguna lógica.
  • Suele darse en niños con experiencia de maltrato.

Se cree que el temor y la falta de coherencia que expresan estos niños responden a las reacciones imprevisibles y atemorizantes del adulto. Este tipo de apego es el más dañino para los niños y el que peores consecuencias tiene en el futuro.

El apego seguro es el que expresa un equilibrio óptimo entre la exploración del entorno y la búsqueda de seguridad:

  • Es el vínculo que refleja mejor la confianza del niño en el adulto, y
  • que presenta mayor probabilidad de asociarse con una adecuada competencia social en el futuro.
  • Suele ser el apego más frecuente en las clases sociales estables.

 

TABLA 4.2: DISTRIBUCIÓN DE LOS TIPOS DE APEGO SEGÚN LOS ESTUDIOS DE AINSWORTH EN NIÑOS DE CLASE MEDIA NORTEAMERICANA

Tipo de apego % Reacción a la vuelta de la madre
Seguro Seguro (65%) Tiende a saludarla.
Inseguro Evitativo (20%) Tiende a ignorarla o evitarla.
Resistente (15%) Se enfada con ella.

 

Chisholm puntualiza que todos los tipos de apego se interpretan como respuestas adaptativas. Según él, en circunstancias excepcionales podría justificarse mantenerse lo más cerca posible del adulto o exponerse al alcance de otras personas (en determinadas situaciones los apegos resistentes o evitantes podrían ser los más adaptativos).

Existen discrepancias en la interpretación del comportamiento evitante:

  • Ya que este perfil puede reflejar una costumbre a la situación de encuentros y desencuentros, y no necesariamente una falta de vínculo.
  • Recientemente se ha cuestionado la impasibilidad inherente al tipo evitativo. Contrario a lo previsto se ha observado que estos niños responden a la marcha de la madre con una elevación cardiaca similar a la que se registra en niños con apego seguro.

Los tipos de apego guardan relación con las diferentes culturas:

  • Los bebés tradicionales, como en algunas culturas asiáticas, suelen tener un apego seguro.
  • En algunas sociedades occidentales se promueven los apegos evitativos, posiblemente para fomentar desde temprano la independencia de los más pequeños. Todo ello es un ejemplo de cómo el macrosistema (contexto social global) puede influir en el ámbito familiar.

 

Se ha estudiado mucho los factores que inciden en la relación madre-hijo en los dos primeros años de vida.
Se admite que el perfil del bebé influye en su crianza sobre todo si presenta un rasgo particular o infrecuente: los bebés apáticos suelen ser ignorados, y los excitables suelen recibir respuestas exasperadas de sus cuidadores.
Bowlby decía que si madre e hijo aportan a la relación variables biológicas y temperamentales, sólo la primera incorpora elementos de su historia previa, sus valores culturales y sus expectativas sobre la crianza, atributos que hacen que su comportamiento resulte más variado e impredecible.
Moss encontró que el modo en que las madres responden al llanto del hijo en los tres primeros meses de vida correlaciona con el tipo de ideas y sentimientos sobre la crianza expresados tres años antes.
Por su parte David y Appell detectaron que los niños siempre responden a las iniciativas de sus madres, mientras éstas les correspondan en función de su propia idiosincrasia.
Mario Marrone señalaba de esta forma las relaciones entre el vínculo afectivo y el comportamiento de la díada madre-hijo:

  • Cada patrón de conducta tiene patrones definidos en la interacción diaria madre-hijo.
  • La respuesta sensible de la madre durante el primer año de vida es el mejor predictor de la seguridad del apego del niño:
    • La actitud distante y de rechazo por parte del cuidador (sobre todo contacto corporal con el niño), predicen un patrón de conducta evitativo.
    • Los niños ambivalentes tienen madres inconstantes que tienden a desalentar la autonomía y la independencia.

Dependiendo de la sensibilidad del adulto se dará o no un apego firme:

  • Dicha sensibilidad se refiere a la habilidad del adulto para responder de forma contingente y con la intensidad y cualidad adecuadas a las señales y demandas del bebé; con ello el bebé percibirá a su alrededor un ambiente seguro y acogedor.
  • En cuanto a la opción pecho frente a biberón, toda opción es buena siempre que no se descuide la sensibilidad hacia las señales del bebé.

El vínculo de apego tiene un carácter emocional que despierta en nosotros sentimientos de confianza o desconfianza, en función de cómo hayamos percibido la relación con las figuras de apego. La reacción a la pérdida de la madre o a su vuelta en la situación extraña son ejemplos de las manifestaciones conductuales de apego.
Manifestaciones conductuales del vínculo de apego:

  • Búsqueda de la proximidad con la persona con la que se está vinculado.
  • Resistencia a la separación (con síntomas de angustia ante la pérdida de la figura).
  • Intentos por mantener un contacto sensorial privilegiado con la figura de apego.
  • Uso de la figura de apego como apoyo desde el que poder explorar el mundo físico y social.
  • Búsqueda de refugio y bienestar emocional en los momentos de tristeza, temor o malestar.

El vínculo afectivo también tiene un componente mental, quizá por ello menos evidente. Se refiere a la construcción de un modelo interno por el que se representa la relación vinculante y recoge, con especial importancia, el grado de confianza y disponibilidad que el bebé ha percibido en los otros. Bowlby denominó a esta representación Modelo Interno de Trabajo (MIT).
Los modelos mentales tienen capacidad para generar expectativas sobre el futuro, así como filtrar e integrar la información nueva. Es decir, ayudan al niño a dotar de significado a la realidad.
Un modelo de apego seguro hará creer al niño que la persona amada estará siempre accesible y que su ayuda será incondicional.
Pero un niño puede creer que no merece ser amado y no tener expectativas de ayudas ajenas en caso de necesidad. García-Torres destaca la mayor incidencia en niños maltratados o abandonados de modelos mentales erróneos que incitan al niño a culparse de los castigos maternos o de los conflictos parentales.
Se asume que los modelos internos son dinámicos y están en continuo crecimiento en función de las relaciones afectivas que se tengan, lo que permite cierta flexibilidad. No obstante, la representación original de la relación vinculante actuará de base para futuras interpretaciones y su transformación absoluta no será un asunto banal.
La razón fundamental es que los modelos mentales tienden a operar de modo inconsciente, lo que supone que las interpretaciones resultantes pueden estar sesgadas, tendiendo a perpetuar un modelo de relación del que el sujeto ni siquiera es plenamente consciente. Es decir, no podemos hablar de un determinismo absoluto de las experiencias tempranas, pero sí de un primer sesgo en la forma de percibir las relaciones con los otros.
Los niños maltratados son un buen ejemplo:

  • Las nuevas experiencias de los niños al ser adoptados por una familia no sustituyen de inmediato a las pasadas.
  • Con frecuencia el modelo generado sobre el rechazo del otro, e incluso sobre el abuso, está presente en el niño, de tal forma que incluso puede desafiar y poner límites a su nueva familia, a fin de confirmar el modelo de relación que le resulta más familiar.
  • El éxito de la adopción dependerá en parte de la antigüedad y cualidad de los modelos iniciales.

Existen evidencias sobre la estabilidad del apego en el segundo año de vida, y de que en poblaciones normales el apego seguro tiende en mayor medida a la estabilidad que el apego inseguro:

  1. Para algunos, el primer apego suscita un modelo interno capaz de condicionar las restantes situaciones.
  2. Alternativamente, el apego es considerado un sistema flexible y adaptativo, capaz de acomodarse a las diferentes situaciones. Según esto, los modelos internos de relación son múltiples y muy revisados debido a la necesidad de adaptación a una realidad cambiante.

Ambas posturas nos dan los siguientes datos: el 72% de los adultos mantiene el estilo de apego que construyó en la infancia, y el 28% restante lo modifica en función de cambios significativos en sus vidas. Por tanto, la continuidad encontrada puede atribuirse a la naturaleza estable del vínculo, casi tanto como a la del ambiente.
Soufre es un defensor del modelo de continuidad:

  • Para él, los niños con apegos inseguros tienden a generar hostilidad en los demás, lo que lleva a los otros a reaccionar con agresividad, confirmando así el modelo original del niño.
  • Los niños con apegos seguros eligen como compañeros a quienes confirman sus expectativas de apoyo mutuo, lo que igualmente perpetúa su modelo de relación.

El macroestudio longitudinal (el mismo individuo o grupo se evalúa a distintas edades) de Mineapolis respalda este modelo:

  • En él, los pequeños con apego seguro a los 12-18 meses eran años más tarde, según sus profesores, más empáticos, competentes y con más amigos, que los que fueron clasificados como inseguros.
  • El seguimiento demostró que las diferencias continuaban en la preadolescencia.

Los indicios de continuidad en los modos de relación son muchos y variados, llegando a darse correlaciones entre el apego en los primeros años y el estilo de apego en las relaciones amorosas. Los datos que abogan por cierto continuismo fomentan la teoría de que los niños con apego evitante serán adultos de “contacto frío”, y los niños ambivalentes serán adultos emocionalmente inestables. Pero son muchos los estudios que encuentran que los tipos de apego cambian en función de experiencias significativas.
Lamb enfatiza que cualquier cambio que afecte de forma severa y constante a las formas de relación podría ocasionar cambios en el apego de los hijos.
Según Thompson, en las clases sociales más bajas hay mayores probabilidades de que el apego seguro mude hacia formas inseguras (por los riesgos sociales de esta población). Existen evidencias de cambios en el tipo de apego tras acontecimientos como divorcios, llegada de un nuevo hermano, cambio de casa...
Al vínculo de apego con la pareja se le da especial importancia; si existe confianza y estabilidad, un estilo de relación inseguro acabará mudando a otro basado en la autoestima y confianza.
La posición más sensata es mantener un cierto eclecticismo que permita decantarse por un modelo u otro en función de variables como:

  • la intensidad y duración de unas determinadas condiciones de cuidado en la infancia,
  • la idiosincrasia de la persona, o
  • la firmeza y estabilidad de las condiciones afectivas futuras.

Es decir, el apego tiende a ser estable pero susceptible de cambiar si las condiciones así lo demandan.

  • El vínculo entre bebé y cuidador se ha interpretado desde diferentes posiciones. Una de las más difundidas fue la hipótesis de la “madre despensa”, que justificaba su presencia por la repetida asociación de la madre con la alimentación.
  • A mediados de los años 50 las evidencias clínicas actuaron de contra-ejemplo, ya que niños con cuidados afectivos insuficientes presentaban problemas emocionales pese a estar bien alimentados.
  • De manera general, la vinculación temprana a un adulto es esencial para la supervivencia de las crías.
  • Para Bowlby, la larga infancia del humano hace vital que haya un vínculo afectivo que mantenga al niño al amparo de un adulto. Para él la función primordial del vínculo de apego es adaptativa: generar en el niño la confianza suficiente para que explore el entorno en presencia del adulto que lo cuida, y para interrumpir la exploración y buscar su proximidad en las situaciones de riesgo.
  • Este cordón adaptativo tendría una base biológica formada por un conjunto de dispositivos de interacción muy básicos que predisponen al bebé y al adulto a interactuar entre sí.
  • Cuando estos dispositivos son adecuadamente atendidos por los adultos, el sistema de apego se va desarrollando hasta dar lugar a conductas de apego muy características como la aproximación a la madre ante el acercamiento de un extraño.
  • El bebé tiene capacidad para comprender y mostrar emociones similares a las de los adultos, lo cual favorece la sincronía entre los interlocutores y el establecimiento entre ellos de interacciones positivas y contingentes.
  • El vínculo de apego no siempre aporta al niño la seguridad esperada de su cuidador. Existen vínculos de apego caracterizados por la excesiva vigilancia del niño hacia la persona a su cargo, o por el excesivo desentendimiento de ella. Estos vínculos se caracterizan por no propiciar lo suficientemente la exploración del entorno o la búsqueda de protección en situaciones potencialmente peligrosas.
  • El vínculo afectivo de apego tiene su reflejo en un modelo interno que recoge el grado de seguridad y de disponibilidad que el bebé ha percibido en los otros. Este primer modelo de relación, por su privilegiada situación en la ontogénesis, puede actuar de filtro para las siguientes experiencias sociales, propiciando así un determinado modo de relación con los demás. Como la relación entre los modelos mentales y la realidad es bidireccional, los modelos de relación generados en la infancia pueden cambiar en función de unas circunstancias suficientemente estables.
  • Las experiencias de flexibilidad no deben rebajar la importancia de las vivencias tempranas; todo esto nos ayuda a reflexionar sobre la cualidad de las pautas de crianza y la posibilidad de fomentar modelos de actuación basados en la sensibilidad.